jueves, 8 de julio de 2010

Dacadencia en un Album de Fotos. 1era Parte

Algo pareciera indicar que la naturaleza humana se comporta como dicen que se comporta el universo mismo. Hay teorías que dicen que el universo se expandirá durante algunos miles de millones de años más para finalmente caer en una implosión que lo hará desaparecer de la misma forma como se originó, le llaman el Big …... Viendo, oyendo, mirando y leyendo he empezado a creer que nuestra raza está destinada a (o más bien buscando), retroceder, echar para atrás todo lo aprendido, e involucionar para morir y desaparecer del mismo modo como llegamos al mundo: Como monos de poco seso.

Muestra de eso es la perdida de inteligencia que hemos ido teniendo con los años, a la par del crecimiento de una tecnología cada vez más sorprendente pero al mismo tiempo, e irónicamente, más idiotizante. Hemos buscado tanto la solución fácil a nuestros problemas que finalmente la estamos encontrando, para todos los problemas. Eso nos está haciendo dependientes y presa de nuestras propias creaciones y del producto de nuestra propia inteligencia. En otras palabras más directas y molestas: Estamos utilizando al máximo nuestra inteligencia con la firme intención de volvernos estúpidos. Solo el ser humano es capaz de semejante empresa y por eso muchos dicen que la humanidad es el arquitecto de su propia destrucción.

Hemos caído en el facilismo de todas las cosas que nos rodean. En la computación, en la mecánica, en la información, en el comercio y en la comunicación nos hemos vuelto esclavos de la tecnología que hace que todo esté al alcance de nuestras manos. Nadie quita que en algunos aspectos sea buena (puesto que en mi caso sin ella no pudiera estar escribiendo esto aquí), sino que esta, al ser como un pulpo de muchos brazos, no es fácil de controlar y se vuelve invasiva, y termina entrometiéndose en aspectos de la vida diaria que deberían dejarse como estaban antes.

Por ejemplo la comunicación. Recuerdo que antes de la invención del celular nuestro radio de acción para comunicarnos con otros se resumía únicamente a la gente que podíamos ver por la ventana de nuestra casa, nuestros vecinos y demás cercanos. El teléfono era un equipo para casos importantes y la comunicación era limitada por estar restringida a ser de casa a casa. Estábamos obligados a hablar en directo con los demás, a mirarles a los ojos, a verles la cara, a darles la mano, a oírles la voz.

Pero apenas llegó el celular, llegó la Internet, y a su lado los novedosos “Chats” (el más conocido de ellos al comienzo se llamaba ICQ). Era el fin de aquellas antiguas restricciones, pero el comienzo de otra cosa. Fue la primera vez que pudimos ponernos en contacto con otros más allá de nuestras fronteras sin tarifas internacionales y claro, sin tener que conocerlos. Era el comienzo de una “revolución” comunicacional, según los informáticos, ligada al crecimiento de la comunicación por celular que acabó con todos los límites establecidos.

En aquellos años no se podía poner fotos para ver a la gente y la cosa bastaba con solo saber que del otro lado del monitor alguien X nos estaba respondiendo. Eran amistades hechas con letritas y figuritas pero por primera vez alguien de Australia podía hablar en directo con un Mexicano, sea como fuese. Los límites se acababan, y el mundo empezaba tímidamente a abrirse ante nosotros y muchos formamos parte de ese “boom”. Yo tuve una experiencia en esos Chats con una chica de chile con quien entablé una amistad muy simpática durante algunos meses. Todo fue muy fino y chévere hasta que el día de mi cumpleaños decidió llamarme por teléfono. Esa vez fue mi primera experiencia de un sentimiento al que luego llamé “Te (des)conozco”.

Apenas me llamó sentí una profunda sensación de extravío y lo primero que pensé al oir su voz fue: ¿Quién eres tú?. Jamás la había oido, pero según yo, la conocía desde hacía algunos meses. Era obvio, jamás la había conocido, y en lugar de gusto sentí una gran decepción porque era como si la realidad hubiese tocado a la puerta de mi cabeza diciendo: Hey!, pendejo, claro que no la conoces, para hacerlo tendrías que viajar a Chile, despierta!. Luego me di cuenta que, por supuesto, era el curioso efecto secundario del comienzo de la “revolución comunicacional”.

Lo que, por cierto, para nada considero una revolución sino el inicio de una involución de lo más deprimente, si ponemos en el punto más alto de la escala a nuestra inteligencia. Para mi todo esto, desde el principio, ha sido un espejismo de una verdadera comunicación. ¿Por qué?, simple, mirando nuestro pasado. Si volvemos a nuestros tiempos cavernícolas, el único medio de comunicación que había entre la gente era por medio del sonido de las palabras, el contacto con la piel, y la mirada de nuestro interlocutor. Hablando cara a cara con alguien se podía entender e intuir los estados de ánimo de las personas, por su forma de hablar, por su postura, por su comportamiento. Ahora no. Para saber si algo que dijimos le cayó bien o mal a una persona, debemos saber leer sus “expresiones” emotivas, que se reducen a dos signos de puntuación, que en los mejores casos es un signo de dos puntos con un paréntesis de apertura, o sea : ), y en el peor, el sutil cambio de paréntesis, o sea : (. Uno de los más novedosos y más usados se ha vuelto el signo de la risa en carcajada, simplemente hecho con una X y una D mayuscula. O sea, XD.

Lo que muchos no saben es que todas esas expresiones fueron inventadas y patentadas por los internautas más obsesos y dependientes de la Internet. Una pseudocultura conocida como “Otakus” que se caracteriza por su enfermiza obsesión por los mangas, ánime, y demás aspectos de la avanzada y alienada cultura japonesa, que es mayoritariamente manifestada a través de Internet, en donde pueden hacer “cultura” estos personajes. Si ese fue el basamento de la comunicación en los primeros chats, creo que fue un terrible comienzo, y lo peor es que aún existe.

Pero bueno, desde aquel entonces, aquella época, los que contamos con Internet hemos sido engullidos por una nueva ola de nuevos chats, miles de años luz más amplia que sus antecesores, pero para nada exenta de los efectos secundarios del fenómeno comunicacional. Como una píldora para calmar un dolor, cuanto más poderosa y efectiva sea la pastilla, más efectos secundarios nos puede dejar si no nos cuidamos, Internet nos trajo también, para nuestro deleite, las famosas páginas de contacto. No son chats, no son blogs, no son álbumes de fotos ni mucho menos, son más bien un compendio de todos ellos. Una ensalada comunicacional que comenzó con el boom de Myspace y Hi5, y multiplicó sus tentáculos con sitios menos famosos como Badoo, Tagged, Sónico, y otros más que no recuerdo. Todos planteaban la misma paleta de contacto solo que con un nombre distinto. Sin embargo sería la llegada del Facebook y el Twitter la que acabaría con todos los competidores.

El Facebook es el más famoso y poderoso medio de comunicación internauta que hay en el mundo. Más allá de sus conflictos con la seguridad de los datos de sus miembros, cada día el número de adeptos al “Album de fotos” se incrementa exponencialmente.

Cuando yo comencé a “facebooquear” no me percaté realmente del efecto inmersivo del site. Ingresé por curiosidad a ver de qué se trataba ese lugar que ya estaba en boca de todos. Yo tenía cuenta en el hi5, Myspace, y Tagged y todas las había dejado abandonadas por ser en extremo aburridas, poco interactivas y toscas en su interfaz de uso. Facebook en cambio era un amor, y el vicio llegó a mí a través de mis viejos amigos del colegio. Una amiga de hace muchos años, se le ocurrió publicar una foto de antaño de nuestra graduación y mágicamente “etiquetó” a todo el mundo en esa foto que tuviese una cuenta de Facebook. El resultado: Una lluvia de comentarios y reencuentros inesperados entre un grupo de amigos que tenían años sin tener contacto alguno. ¡Que maravilla!

Facebook le ganó a sus competidores por la capacidad de “etiquetar” a la gente y facilitar el encuentro, entre comillas, de viejos amigos y conocidos. Una vez en contacto, los que se encuentran en una misma foto, aunque no sean amigos en Facebook, obviamente lo serán y seguirán la ramificación hacia muchos más desconocidos que serán nuevos amigos en Facebook. Se comporta como un amigable virus informático, como parte de sus notables efectos secundarios.

Sigue...

lunes, 25 de enero de 2010

Viajando con la Inocencia


El presente de los padres es el futuro de sus hijos. El camino que el ser humano recorre durante su vida es sumamente largo y lleno de emociones intensas además de enseñanzas duraderas que siempre, por cosas de la vida, se producen cuando el momento en que podían utilizarse ya ha pasado, y solo le queda a uno transmitir lo que se sabe a la siguiente generación para que desde temprano pueda ser usado con sabiduría.

El problema de todo es que me he dado cuenta que la naturaleza humana es cíclica y los hijos siempre buscaran de alguna forma cometer los mismos errores de sus padres y aprender a su modo, o sea viviendo, lo que les toca. Aprendí esto de adulto, como tantas otras cosas que me tocará aprenderlas ahora, o después, cuando tal vez sea demasiado tarde para ponerlas en práctica.

Como quien dice, la malicia y el conocimiento se adquiere con los años pero a costa de algo no menos importante como la Inocencia. Cuando maduramos y vemos lo malo y lo bueno que puede ser el mundo por todas sus esquinas, empezamos a prevenirnos siendo precavidos, temerosos, prejuiciosos, defensivos, y maliciosos, y eso a muchos puede volvernos amargados o llevarnos a ver la vida de una forma demasiado seria y cruel. Abandonamos nuestra naturaleza más primitiva que es el ser inocentes.

Los niños son los únicos capaces de ponernos a nosotros los adultos en contacto con nuestra verdadera identidad, con nuestro Yo más íntimo, e irónicamente los que nos pueden dar las lecciones de vida más importantes sin ellos haber aprendido nada de ella por su corta edad. Peter Pan era el niño que nunca quería crecer porque veía que el mundo de los adultos era muy aburrido, cruel y hasta doloroso. Yo de niño quería ser Peter Pan por esas mismas razones. Me decía a mi mismo en mis horas de juego que jamás crecería y que nunca dejaría de jugar con juguetes, nunca dejaría de ver comiquitas, y que nunca dejaría que mi imaginación fuese opacada por un mundo adulto tan gris como el que mis ojos de niño estaban viendo. Llegué lejos con ese intento, y logré mantener muchas cosas infantiles hasta bien entrado en años, pero irremediablemente la adultez llega, y consigo trae las responsabilidades que lo llevan a uno a olvidarse definitivamente de Peter Pan.

Por eso es que creo que cuando llegan los hijos, para uno es como el respiro de un nuevo aire donde la inocencia nuestra ya desgastada, se refleja y brilla ahora en sus ojos, y es como si nos estuviéramos viendo a nosotros mismos en los años más bellos de nuestra vida.

No tengo hijos hasta ahora, pero tengo a dos sobrinos hermosos y maravillosos que me han hecho pasar uno de los mejores fines de semana de mi vida. Una niña y un niño llamados Mariangel y Jonathan. Les cumplí por vez primera la promesa de llevarlos a la playa y era algo que esperaban con enorme emoción desde hace muchos meses, y era algo que yo necesitaba vivir por primera vez.

No se si todo el mundo lo nota, pero el mundo real y sus dificultades es capaz de absorber toda la vida de uno, sin dejar oportunidad para meditar sobre hacia dónde se va y sobre la belleza que hay en las pequeñas cosas y los pequeños momentos. Los niños tienen la capacidad de ver lo bonito en lo más simple, de emocionarse y disfrutar con el alma lo que nosotros apreciamos con reservas, y no temen a lo que viene porque viven y sienten con el puro corazón.

Estos niños le dieron a un viaje a la playa el sentido que nunca antes había tenido para mí. Había ido muchas veces antes pero nunca lo había disfrutado de esta manera. Desde nuestra salida en la madrugada, los ojos adormilados pero emocionados de los niños, me hicieron recordar los tiempos en que yo, de niño, no podía dormir esperando la hora de salir con el canto de los pajaritos a las 5 am. Ibamos a la playa, decía yo, y qué hermoso fue volver a sentir esa emoción a través de los ojos de mis sobrinos.

Durante el trayecto, el pequeño Jonathan se quedó despierto casi todo el viaje, viendo por la ventana de atrás el pasar de los árboles y el cielo azul, pensativo, callado, y me recordó mucho como era yo a su edad. Me gustaba admirar al mínimo detalle el paisaje y disfrutarlo al compás de la música que llevaba puesta en mi walkman. El mundo no existía para mí en esos instantes y las pequeñas cosas me llenaban de emoción.

Cerca de la playa, el carro subía entre cerros que dificultaban la vista hacia el mar, y los niños se pegaban emocionados de las ventanas, mirando por los recovecos de la maleza y los árboles buscando divisar el enorme azul bajo el cielo. Decían: Mira Jonathan, ya lo vi!, o, Mariangel, ve para allá, allá está!, como si estuviesen viendo la cosa más hermosa e inigualable del planeta. Al llegar saltaron del carro, y se fueron con sus tías a la playa, no sin antes hacer de las suyas con un tronco de árbol de coco que estaba cortado y tirado en el piso, y que por una extraña razón estaba humeando por uno de sus lados. La niña comparó tal fenómeno con un “cigarro gigante” y el niño le aseguró que esa cosa no era eso y que no había peligro. Resultó ser la cosa más graciosa del día.

Los niños no esperaron nada y se lanzaron al agua del mar casi de inmediato, maravillados con la inmensidad del océano, la arena y el oleaje nunca visto. La niña emocionada, aunque temerosa, no cabía en su emoción de ver por primera vez el mar y me pidió que me “zambullera” con ella en el agua, mientras no paraba de reir y saltar sobre las olas. Era la inocencia en su estado más puro y no podía negarme a saltar con ellos en el agua como si también fuese la primera vez para mí.

La niña inventó lo que ella llamó “caminata espacial”, al saltar dentro del agua y sentir que sus pies iban más lento como si estuviese caminando en la luna. También descubrió que el agua del mar era salada y que eso era un “asco” y preguntó varias veces en qué parte de la playa le echaban la sal. Eran las ocurrencias más chistosas del mundo, solo posibles en la mente de un niño sin malicia y lleno de inocencia ante un evento sin precedentes en su vida. El niño y yo jugamos béisbol con un limón y corrió como el correcaminos huyendo del coyote cuando lo perseguí para meterlo en lo hondo de la playa. Los puse a competir a ver quién era el primero que excavaba un hoyo hasta la china y todos perdieron. Gracias a Dios, porque no tenía nada con qué premiar al que ganara. Yo era un niño como ellos y me sentía como tal. Tan niño me sentía que me encargué de gastarles bromas a mi esposa y su hermana, que resultaban ser tan infantiles que ellas llegaron a pensar que estaba borracho por lo que estaba tomando. La verdad es que el niño en mí estaba feliz.

Cuando regresamos, antes de dormir, el niño decía que cuando cerraba los ojos, sentía que lo llevaban las olas, y fue bonito recordar una sensación que no me era ajena porque esos fueron momentos que nunca se borraron de mi retina y a pesar de los años, muy a dentro de mí puedo recordar el golpe de las olas cuando me tocaron por primera vez cuando era chico. Recuerdo que a diferencia de estos niños yo lloré, pero luego no había instante en que no quería repetir esa experiencia una y otra vez.

Tal fue el impacto que tuvo el mar sobre los niños que el pequeño Jonathan esa noche sufrió de sonambulismo y se levantó de la cama en un sueño en el que parecía estar nadando en el océano y faltó poco para que se saliera de la habitación del hotel. La niña Mariangel, bromeó a carcajadas del episodio al día siguiente, no sin que antes su risa se contagiara a todos nosotros. Éramos como niños entre niños.

La diferencia entre ellos y nosotros se hizo latente cuando al día siguiente, antes de irnos, mientras los niños estaban pendientes de las olas de la playa a la orilla del Paseo, nosotros estuvimos pendientes de un señor con cara de delincuente que pasó por nuestro lado con extrañas intensiones. Los niños no se percataron en absoluto del invasor y hablaban sobre el mar y el poco oleaje que había en esa playa, mientras que todos los demás estábamos pendientes del mundo y sus alrededores. Así entendí que nosotros los adultos sacrificamos la pureza de nuestra inocencia por el bien de nuestros niños.

El mundo irremediablemente es cruel y la inocencia de un niño es algo demasiado frágil que vale su peso en oro porque es algo que tarde o temprano todos perderemos. Vale demasiado porque considero que en la niñez está la esencia de nuestra alma, de nuestro yo interno que se oculta bajo las capas sucesivas de la madurez y de las experiencias vividas. La razón por la que algunos adultos ven lo hermoso en las cosas pequeñas es porque se dan el tiempo de volver a ser como niños, de creer en lo que sea, de asombrarse por lo insignificante y de reírse de lo absurdo.
Al final de nuestro viaje, ya en casa, mi sobrina se despidió de mí con un beso y las gracias porque se divirtió mucho en su viaje. Yo le devolví el beso con un abrazo fuerte e internamente le di las gracias a ella y al niño por todo lo que me hicieron vivir ese día. Por haber jugado conmigo, por haber nadado conmigo, por hacer el “salto espacial” conmigo, por haber corrido en la playa conmigo y muy especialmente por haberme enseñado a ver el mar de la misma forma como ellos lo vieron por primera vez. Les doy las gracias mis niños, de todo corazón y que Dios los Bendiga.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Jugar a la Realidad

Para nadie es un secreto el avance tecnológico que han alcanzado los videojuegos hoy en día. En las propagandas y en todas partes se pueden ver secuencias de acción dignas de una película, interpretadas por personajes diseñados por computadora con una calidad histriónica excepcional y con un impacto emocional enorme sobre el usuario. La evolución ha llevado alcanzar una similitud con nosotros que abruma y asusta a la vez, inclusive hasta al más letrado en lo que a experiencia con videojuegos se refiere.

Yo particularmente me considero a mi mismo como un fanático y vicioso acérrimo de los videojuegos de consolas de última generación, específicamente de aquellos que en Estados Unidos llevan una clasificación conocida como “M”, para significar “mature” o “adulto”, y que son a los efectos los que cuentan actualmente con mayores fanáticos y detractores por sus altos contenidos de violencia, acción, sexo y vulgaridad. Por algo son considerados para “adultos” y por algo no tienen nada que ver con un plomero italiano de braga y gorro rojo que come hongos y mata dragones por el amor de una princesa.

En Venezuela la cultura del videojuego no es tan grande como en otros países, debido principalmente al alto costo de las consolas de última generación (XBOX360, PLAYSTATION 3, WII), y al precio de sus juegos, sin embargo, hace pocos días salió a la luz una ley que por primera vez en la historia (creo) hace mención sobre los videojuegos. Dicha ley es muy directa y simplemente prohíbe de forma categórica la venta de videojuegos que tenga contenido de carácter violento o que fomente la violencia.

En mi carácter de agraviado, por ser un jugador vicioso de toda clase de videojuego de corte “mature”, me dispongo a opinar sobre tan mentada ley que a partir del 1ero de enero del 2010 bajará la Santamaría de la violencia en las consolas de última generación.

Particularmente creo que aquel que jamás ha jugado un videojuego debe abstenerse a opinar o tomar decisiones de esa clase, porque simplemente carecerá de objetividad y tal vez no esté dando una solución al problema sino más bien empeorando la cosa. Yo estoy seguro que la cuerda de viejos del parlamento jamás ha oído hablar de Medal of Honor, Grand Theft Auto, Metal Gear, o Tomb Raider, por nombrar solo algunos de los juegos de corte violento que han existido. Tal vez han tomado la decisión porque han visto a sus hijos pegados al TV en sus casas cayéndose a plomo con 50 mil mutantes, o descabezando zombis a placer con una navaja oxidada, y eso posiblemente les pareció suficientemente violento como para ponerle un coto al asunto con el espaldarazo del propio presidente, que ese sí, jamás debe haber jugado un videojuego.

Prohibir de forma categórica algo casi nunca da buenos resultados. El ser humano se explota a través del morbo, y las cosas prohibidas fomentan el interés hacia ellas más que alejarlo. Cuando a un niño se le dice NO toque algo, el chico intuirá que eso prohibido es de importancia y probablemente sea divertido tomarlo. Prohibirle a una jovencita de 16 años salir con amigos o tener novio, solo fomentará más su deseo por hacer lo que se le ha prohibido. El morbo de la incertidumbre, el morbo de lo desconocido, mueven fuertemente los intereses de la gente.

Solo por eso ya la primera decisión tomada está errada y llevará al mundo de los videojuegos en nuestro país a la clandestinidad. Hay quien dice que si a alguien se le ocurriera legalizar las drogas, estas causarían menos estragos de los que causan actualmente, simplemente porque ya no contarían con el factor del “morbo” que causa su prohibición. Con los videojuegos, por ser igualmente adictivos, pasara probablemente lo mismo, y lo prohibido se volverá más interesante.

Violencia en una consola



Por otro lado, casi todos los juegos habidos y por haber tienen un corte “violento” ya sea en mayor o menor grado. Está en su naturaleza porque me atrevo a decir que la violencia está en nuestra naturaleza, y tal vez es lo que los hace atractivos para nosotros en primera instancia. Y eso no tiene que ver solo con los juegos de última generación, sino desde siempre. La cultura cambió radicalmente y la sociedad es más dinámica, más mundana y los niños de antes (nosotros) y los de ahora quieren más, más y más. Es irremediable porque ya el mundo ha tomado ese camino, y la cultura no cambia de forma obligada, forzada, ni mucho menos en poco tiempo.

Para muestra un botón. La industria del videojuego ha evolucionado a la par de nuestro crecimiento y el paso de las generaciones. Los nuevos usuarios piden más, y la industria les da más. Piden más violencia, piden más realismo, piden más acción, mejores gráficos, más explosiones y ¿que obtienen?, exactamente lo que piden. Porque la industria no va a crear juegos que a los jugadores no les vaya a gustar, y siguen siendo violentos porque nunca, nunca, los jugadores nos hemos quejado porque lo sean. La violencia, la vulgaridad y el sexo están en la tele, y simplemente queremos estar más cerca de ellas en la comodidad de nuestra casa.

Objetivamente yo me atrevo a decir que los videojuegos han sido un mal para la sociedad, al igual que la Internet, la televisión y todo lo demás, porque me pongo a analizar qué nos han dado todos estos inventos y llego a la conclusión que ha sido exceso de información. Nos han conectado con nuestra realidad y nuestra propia naturaleza, y por eso el curso de los acontecimientos ya está escrito y no podrá evitarse con directrices meramente prohibitivas de un modo de disfrute ya arraigado en la sociedad.

Es claro que el interés del gobierno es evitar que la violencia en los niños entre por casa con los videojuegos, porque no es lo mismo que juegue un adulto a que juegue un niño, sin embargo, dicha decisión a mi parecer se tomó muy tarde, ya que, como bien he dicho, la violencia en los videojuegos viene intrínseca desde sus inicios. La palabra “matar” estoy seguro de que jamás se había escuchado con tanta ligereza en la boca de un niño antes de la invención de los videojuegos.

Además, la violencia en los juguetes como las pistolas y en los juegos típicos como “policias y ladrones”, antes de la llegada del videojuego, delata nuestra naturaleza violenta, y el videojuego se encargó de dar el espaldarazo para que la violencia en nosotros tuviera rienda suelta. Cuántas veces hemos escuchado a niños o a nosotros mismos al jugar decir “te maté”, “me mataste”, “verga me mataron”, o “te moriste”. Nadie percibe la magnitud de esas palabras porque el común denominador de un videojuego es relacionar el hecho de “morir” con el famoso “game over” que indica que el juego se terminó. No significa que la persona murió o que el personaje de hecho murió, sino que el juego se terminó. Es claro que este grado de insensibilidad hacia la muerte solo se adquiere jugando.

Es por esas cosas que he estado diciendo que el jugar videojuegos nunca ha sido algo inofensivo. Y es mucho menos inofensivo ahora que la realidad está al alcance de la mano. Antes, por ejemplo, con Mario BROS, un niño podía distinguir muy fácilmente la realidad de la fantasia ya que el personaje combatía con personajes imposibles o monstruos con facciones caricaturescas. Pero ahora, la avalancha de la tecnología nos pone al alcance juegos de guerra altamente realistas donde se pelea a plomo limpio contra personas de apariencia real, que sangran, respiran, lloran al hacerles daño, y estos juegos llevan implícito un contenido táctico (y de sugestión) bastante avanzado que podría dejar boquiabierto a cualquiera que no lo haya visto antes.

Llamado al deber?

Yo soy un jugador fanático, pero también analizo mucho el trasfondo potencialmente peligroso que pueden tener algunos juegos. La calificación de “Mature” a un juego (prohibido para niños) no basta para que un pequeño tenga acceso a este, ya sea por Internet o por medio de un adulto, por lo que la violencia sigue estando a su alcance, y mucho más en un país del tercer mundo donde no hay restricciones de clasificación y muy pocos le prohíben a un niño que compre un juego como Call of Duty.

Call of Duty, o Llamado al Deber en español, es una saga de juegos de guerra de corte realista que inició hace algunos años con juegos basados en episodios específicos ambientados en hechos de la Segunda Guerra Mundial. Estos juegos son del tipo conocido como “shooter” en el cual el jugador juega siempre desde un punto de vista de primera persona como si viese a través de los ojos del personaje que utiliza. Esto imprime una carga de realidad enorme ya que de recibir un balazo o un golpe, se puede ver cómo la bala da en nuestro cuerpo o cómo la culata de una pistola de un enemigo da en nuestra cara, esto sin mencionar que el personaje percibe los efectos propios del golpe o balazo como desorientación, visión borrosa, sangre etc. De igual manera, estos efectos los podremos causar a nuestros enemigos, pudiendo ver desde la mira de nuestra arma como matamos a un adversario de varios disparos al cuerpo o de un certero disparo a la cabeza. El contenido emocional es enorme.

Los Call of Duty siempre contienen gran información histórica acerca de los episodios que se juegan, lo que hace sentir que se está en dicha época combatiendo por ejemplo al régimen Nazi. Igual fidelidad histórica tienen las armas y su utilización lo que potencia el sentido de realidad del que lo está jugando, y este sentido de realidad ha sido llevado hasta extremos inusitados con el último Call of Duty de la saga.

El último juego de la saga considero que alcanza el climax de violencia y sentido de la realidad que puede tenerse en un videojuego y proporciona al usuario un manojo de armas hiperrealistas dentro de un contexto de guerra moderna cuya intensidad emocional me ha hecho creer, por momentos, que no se trata de un juego sino de un simulador de realidad. Los creadores del juego tuvieron asesoría directa de los Navy Seals y de los Marines del ejército Norteamericano para el diseño y utilización de las armas del juego lo que me ha confirmado la posible existencia de elementos subliminales dentro de este juego y los anteriores.

Call of Duty: Modern Warfare 2, se desarrolla en varios frentes de guerra actuales y en otros que podrían existir dentro de algunos años. Afganistán, Rusia, Brasil, Alaska, y la mismísima Casa Blanca en Washington D.C en suelo norteamericano, son los campos de guerra moderna de este impactante juego, lleno de intrigas, amenazas de ataques nucleares, traiciones y toda la información táctica que un futuro soldado de la US Navy pudiera necesitar antes de su enlistamiento en la vida real.

Y es que tal vez esté pecando de desconfiado (y por eso tal vez me enrolen en la lista de partidarios de las teorías de la conspiración), pero creo que todos estos juegos, y en especial este, tienen la firme intención de preparar tácticamente al jugador en técnicas especializadas de asalto y empleo de armas ante una posible amenaza armada que pueda obligar (en el caso de USA) al tío Sam a desempolvar su gran sombrero y con su dedo desafiante comience a buscar nuevamente combatientes para una nueva guerra de alcance mundial.

Esta vez cualquier potencial Marine, joven, jugador de Call of Duty, antes de ser enrolado, ya tendría un entrenamiento previo en armas, manejo y puntería, así como una desarrollada insensibilidad al dolor ajeno y tolerancia hacia la muerte y a las situaciones extremas. Yo creo que los SEAL y los Marines no ayudan en vano y la idea muy de fondo es preparar al jugador para ser un guerrero completo antes de cualquier guerra. Si no es así cómo es posible que un civil como yo, que nunca tuvo entrenamiento militar, pueda saber que para poder disparar un rifle de francotirador Dragunov sin riesgo de fallar se debe contener la respiración justo antes del disparo, o que para disparar un fusil de largo alcance con mira telescópica hay que tomar en cuenta la dirección del viento y la variación del ángulo de tiro por causa del efecto Coriolis. Son conocimientos avanzados que se adquieren jugando y que preparan al jugador para una posible guerra dándole un entrenamiento, previo al menos, en el uso del armamento.

Proteger al Inocente

Sin embargo, Modern Farware 2 ha llegado más lejos y ha puesto en las manos del jugador, no solo la posibilidad de matar a soldados enemigos sino también, y por primera vez en un juego, a civiles inocentes. Una escena del juego donde el jugador forma parte de una masacre de civiles en un aeropuerto en Moscú, ha generado una controversia enorme en todo el mundo, y la empresa creadora del juego lo sabe puesto que dentro del mismo ha colocado la opción para que el jugador decida si quiere o no jugar esa parte. Sin embargo, el morbo por saber qué tan cruda es la escena lleva a muchos a elegir jugarla y por ende se encuentran ante el sádico escenario de tener que disparar a mansalva a un grupo de civiles comprando boletos de avión o escapando despavoridos por la ola de disparos que se produce en el aeropuerto. La sensación que se tiene es grotesca, y aunque se sabe que no se está disparando realmente a personas, el jugador está acostumbrado a que siempre ha tenido que disparar a aquel que también le está disparando y que es su enemigo. El ánimo de disparar que mueve al jugador se debe a que este siempre está siendo atacado pero en este caso particular, los civiles no atacan, y es uno el que debe iniciar la carnicería sin ningún otro motivo que el que mueve la historia del juego.

Soy un jugador adulto y estoy claro que en la vida real jamás agrediría a una persona inocente, sin embargo, me tomé el tiempo de jugar la escena del aeropuerto porque quería saber las sensaciones que me produciría estar en una situación así. El resultado es perturbador, principalmente porque se cuenta con una arma para nada discreta (una ametralladora) para cumplir con la misión. Gente despavorida a quien se debe disparar por la espalda y ajusticiar cuando se le tenga más cerca, tumultos de gente al que hay que acribillar a balazos es el escenario más fatal posible, y hay que tener sangre muy fría o tener bien claro que se trata de un juego para ejecutar algo de tan baja categoría como eso. Yo pertenezco al segundo grupo de personas y disparé a placer por estar tranquilo de que “juego es juego” y nada es cierto, pero, ¿qué sucede con aquellos que pertenecen al primer grupo y no lo saben?, o aquellos que no saben aún a qué grupo pertenecen, como los niños. Da miedo preguntárselo uno mismo y de verdad que da miedo de que un “juego” como Modern Warfare 2 llegue a sus manos.

Sociedad – Suciedad
Por eso retomo el tema de que un videojuego ya no es algo inofensivo. En las sociedades débiles las personas débiles caen más rápido en las trampas de la sugestión. Tragedias como la de Columbine se producen por el deterioro de un ser humano dentro de una sociedad en decadencia que no le comprende, donde se pierde el respeto por el prójimo y la personalidad y la mente se deforman a tal punto de que un crimen se convierte en juego y el juego a su vez se convierte en crimen.

Para el gobierno es más fácil prohibir los juegos violentos que regular la venta según un régimen de clasificación como el americano o el europeo. Se tendría que crear un departamento que controle y garantice el cumplimiento de la regulación y esto al estado le saldría tal vez “muy costoso”. Por eso es más fácil usar una fuerza pública como la policía o la guardia nacional para llegar a un sitio, y decomisar todo juego violento que haya (no se cómo podrán separar lo violento de lo no violento), y destruirlo como la ley manda, aunque luego los funcionarios “decomisadores” se guarden algunos de esos CDs para poner al alcance de sus propios hijos los juegos más “cabilla” del mercado. La ironía de esta sociedad que niega a regañadientes su propia naturaleza.

Jugar videojuegos ya no es tan “jugar” como lo era antes, y ya se puede hablar de “vivir” un videojuego porque ahora tienen la capacidad de sumergir al usuario en sus intrincadas y absorbentes tramas realistas, que lo hacen sentir que se vive la historia y no que solamente se juega. El peligro de los videojuegos no está en su pasado sino más bien en su futuro porque su desarrollo tecnológico cada vez nos está poniendo más cerca de nuestra realidad, y sinceramente la realidad de nuestra sociedad es mucho más oscura, grotesca y sucia que PAC-MAN, una simple pelota amarilla que comía pepitas y fantasmas para ganar una partida que era premiada solo con fresas y manzanas.

lunes, 3 de agosto de 2009

El Morbo de la Discordia

Esta es la historia de un personaje muy peculiar que alguna vez formó parte de la familia Guerra-Tovar y que, allá por los años de tanananá, fue protagonista y fomentó uno de los problemas más importantes que se hayan producido dentro de la gran familia de los Tovar. Generó disputas, confrontaciones entre hermanos, referencias sádicas y sexuales además de bromas y chistes de mal gusto solo por su inocente mirada, sus manos juguetonas que daban la impresión de ir hacia otro lado y su extraña carencia de pantalones y ropa interior lo que, en resumidas cuentas, fue el principal detonante de la gran guerra psicológica desatada en la familia. Su nombre de pila: "Fernandito".

Fernandito Guerra Tovar apareció por primera vez en la familia más o menos por el año 1986 y fue bien recibido por el cúmulo familiar de los Guerra-Tovar como el tercer hermano varón del pequeño círculo familiar. Midió menos de 30 cms y tenía cabello amarillo, ojos negros sobre una cara redondeada y sonrozada, con una sonrisa infantil de aquel que no es capáz de romper un plato. Desde chico se vistió con un sueter manga larga color rojo y ese fue el único atuendo que usó en su larga y accidentada vida. Pues Fernandito jamás supo lo que eran las reglas de etiqueta ni como se ponían los pantalones y por lo tanto, decidió andar rueda libre de la cintura para abajo sin que hubiese por ello mayor molestia que el rebote de "aquello" al trotar o su reducida dotación hasta ya bien entradito en años.

Pues bien, Fernandito (alias El Sádico en los bajos fondos), siempre vivió de esa manera y ello nunca molestó o inquietó a los demás integrantes de la familia Guerra-Tovar. Era el hermanito enano, el diminuto con cara regordeta que ayudaba a dormir a mi hermano con una sonrisa en la cara, o mostraba su disgusto frunciendo el ceño cuando algo no le hacía gracia. Y si algo se podía destacar de Fernandito Guerra es que en los momentos más difíciles de su vida jamás frunció el ceño y siempre mantuvo su rostro inocente ante la mirada despreciable y burlista de los prejuiciosos. Jugaba con muñecos de menor talla que él pero de apariencia más cuidada y seria, sin ninguna clase de complejos o temores por andar rueda libre ante la sociedad.

Con el paso de los años, Fernandito se convirtió en el amigo inseparable de mi hermano menor, Goyo. Con él dormía, se bañaba y salía a todas partes sin que eso tampoco generara molestias dentro de la familia Guerra. Los problemas llegaron cuando el hermanito menor de los Guerra hizo su aparición ante el resto de la familia. No recuerdo si el día del encuentro se produjo una revuelta, pero sí se que las fuertes críticas empezaron a aparecer. Que si Fernandito esto, que si Fernandito aquello, que por qué ese niño andaba a la intemperie, que por qué bendita razón no usaba interiores, que para adónde le apuntaban las manos, que si lo que quería era quitarse la camisa por siempre estar a la defensiva, que por qué lo tenía chiquito o por qué tenía más pelo que tamaño, o que por qué no mostraba las nalgas o acaso tenía algo que esconder, que por qué esa mirada inocente cuando sabía bien lo que estaba haciendo, por qué, por qué, por qué era ese niño el mejor amigo de Goyo?.

Los Juicios contra Fernandito por Nudismo Descarado comenzaron de inmediato. Algunos familiares lideraron la casería de brujas mientras otros lo secundaban. Se le acusó de desacato a las reglas de etiqueta de no usar pantalones mientras se está jugando con los G.I Joe o los Transformers, y de mezclar bolas con balas durante los juegos infantiles. Además, se cuestionó seriamente su condición de nudista nato acusándole también de fomentar la homosexualidad en el hermano menor de los Guerra. La más seria de las acusaciones.

Pus sí, se decía que Fernandito era Gay por andar semidesnudo y porque, según sus acusantes, las manos del niño siempre andaban merodeando zonas que no debían. Mi madre, la mayor defensora deFernandito, alegó que aquello era absurdo y que las manos del niño estaban en otro lado, etc, etc. Esta acusación nunca fue esclarecida porque faltó hacer la toma de huellas dactilares de Fernandito en su "coso" y medir la distancia a la que se encontraban las manos del muñeco para ver si sus intenciones eran literalmente "meterse mano".

Los juicios sexuales se intensificaron cuando se dijo que el miembro del muñeco estaba parado y que eso mostraba cosas de tipo sexual que fomentaban la homosexualidad en mi hermano, y en cualquiera que lo tocase. El hecho es que se comprobó que jamás Fernandito fue utilizado por absolutamente nadie para juegos como "sóbalo que te da suerte" o cosas por el estilo. Al parecer, el morbo desmedido de los acusantes fue mucho más allá de los simples deseos de juego de un niño de 2 o 3 años, que sólo se preguntaba por qué todo el mundo quería que botaran a su hermanito menor.

El climax de la disputa llegó en un viaje que se hizo con toda la familia y al que por supuesto Fernandito asistió. Algunos familiares burlones decidieron acabar con la vida del menudo de los Guerra, luego de ver que las acusaciones en su contra no surtían efecto sobre el deseo de mi hermano de seguir jugando con él. Lo tomaron a escondidas y lo botaron detrás de un corotero en un descuido de mi mamá. A la hora de dormir, mi hermano preguntó por Fernandito y mi mamá, al ver que no estaba armó la tángana. Mi mamá amenazó a todo el mundo y los acusó de responsables por la desaparición de Fernandito, y les dijo que si el secuestro no terminaba a la mañana siguiente, nos iríamos de ahí sin dar más explicaciones. El personaje apareció magicamente al día siguiente puesto sobre algunos corotos y como santo remedio, jamás se volvío a mencionar el tema de Fernandito "el sádico".

La vida continuó y como era de esperarse, mi hermano al crecer se despidió de su hermano de la infancia, su compañero, su muñeco adorado que tánto compartió con él y tan lejos le acompañó. Ambos crecimos y Fernandito, el menor de los Guerra, el muñeco de la discordia, pasó a ser un adorno perpetuo en una repisa de una de las bibliotecas de casa. Aun conserva la inocencia en su rostro y el nudismo del cual siempre hizo gala, y siempre está presente como recordatorio de que a veces los adultos estamos tan llenos de ideas erradas y morbosas, producto de una sociedad prejuiciosa y endemoniada hasta la médula, que somos incapaces de reflejarnos en la mente de un niño para por lo menos ver cuáles son sus verdaderos intereses. Juzgamos por como los demás lo hacen y creemos cosas que tal vez solo están pudriendose dentro de nuestra propia mente.

El tiempo absolvió a Fernandito de todos los cargos. Se crearon las leyendas urbanas en torno a su figura: "Desapareció en el mar", "fue prendido en candela", "se declaró agente libre y nadie lo volvió a ver", "lo lanzaron de un barranco" o "lo descabezaron y caparon", además de muchas más. Pero el chico sigue en la repisa, y tal vez el famoso niño nudista algún día sea el centro de mesa de alguna reunión familiar, lo que traería para muchos el recuerdo de lo bueno o lo malo de su existencia. Y al verlo todos comentarán, y tal vez algunos puedan ver que los ojos inocentes de Fernandito siempre han querido decir que la inocencia solo forma parte de la niñez y que, en la cara de un muñeco siempre podrá estar reflejada, pero desafortunadamente en los adultos no.

viernes, 24 de julio de 2009

Confidente Soledad


Era uno de esos días en los que no estaba pensando en la inmortalidad del cangrejo por la cantidad de oficios que el trabajo me proporciona, cuando de regreso a mi hogar en mi acostumbrado viaje de una hora, salió a relucir entre mis compañeros de viaje una conversación sobre la posibilidad de que existan personas que no se comuniquen con nadie, que prefieran la soledad y que disfruten el vivir de esa manera. Somos cinco las personas que vamos en ese carro y tres de ellas aseguraron de inmediato que no es posible que el ser humano pueda existir en total soledad física y de pensamiento. Los otros dos restantes eran el que trajo el tema a la mesa de discusión, el cual aseguraba que ello era posible, y yo, que como típico librano que analiza demás antes de hablar, salvé mi voto y de momento no dije nada.

Tal vez porque nuestras típicas conversaciones de viaje no llegaban nunca a hondar temas demasiado profundos, o porque seguramente mi mente estaba en ese momento en otro lugar (tal vez en casa), no me di cuenta de que la conversación de mis compañeros se había tornado interesante y estaba rozando un tópico de mi particular interés. La soledad.

Mi compañero y único defensor de su teoría decía que un amigo suyo (o amigo de su amigo, creo que la conversación la agarré desde ahí), disfrutaba sobremanera el hecho de vivir solo. Era un hombre mayor y divorciado, que disfrutaba el hecho de no compartir su cama ni su vida con nadie, le encantaba andar solo, y pasar su vida de esa forma, como un “alma libre” sin ataduras. Mi compañero defendía su teoría como si fuese propia, tal vez porque el mismo es bastante dado a la infidelidad y como hombre preparado para un golpe mortal por una mentira descubierta, tal vez había vislumbrado en algún momento su futuro en soledad. Los tres detractores, que dada la casualidad eran todas mujeres, defendían la versión de que nadie en este mundo puede vivir así. Una o dos de las tres no estaba segura si el termino “puede” era más adecuado que el “debe”, pero la más clara de ellas defendía su tesis diciendo que el ser humano no puede jamás vivir así porque eso no está en su naturaleza, puesto que el hombre fue hecho para comunicarse y vivir en sociedad.

A esas alturas estaba la conversación y yo todavía estaba pensando qué decir porque, a diferencia de mis compañeros, estaba analizando ambas caras de la moneda antes de tal vez emitir una opinión intermedia en el asunto. Estaba claro que el término “alma libre” formaba parte de un deseo muy personal de mi compañero masculino de que el otro término “soledad” sonara más bonito dentro del antepuesto “divorciado”. Pero había cosas ciertas en lo que decía: Existen personas así. Por otro lado, las chicas, influenciadas negativamente por esa supuesta “alma libre”, soltaban también sus defensas, bastante débiles, pero con algo de cierto también: La naturaleza del hombre es vivir en sociedad y fuimos hechos para comunicarnos entre sí.

Pero las chicas habían cometido el error de utilizar el “puede” en lugar del “debe” al decir que personas así no pueden existir. Execraron el dicho de que “de todo hay en la villa del señor” y optaron por negar la posibilidad de que los solitarios por naturaleza pudiesen existir. Así que la discusión solo trató sobre la probable inexistencia de gente así, y desdeñó la enmarañada y, a la postre, más interesante trama de por qué pueden existir personas así. Por lo que el asunto solo quedó en un “Yo si creo que existan” y en un “Yo creo que no”. Ante eso solo pude responder: Yo si creo que hay gente así.

Pero mi mente no se quedó ahí. Prosiguió con la discusión íntima del por qué existen los solitarios si en verdad estamos hechos para relacionarnos. Por qué alguien prefiere abstraerse del mundo para vivir en solitario cuando hay tanta gente con quienes compartir. Irónicamente, al decidir discutir conmigo mismo el tema que en grupo no habíamos continuado, estaba asumiendo una posición de una persona particularmente atraída por los pensamientos en soledad. Por eso en ese momento dejé de pensar y cambié el tema.

En mi infancia, yo viví solo cuatro años de mi vida como único hijo y el resto de ella, de alguna forma u otra la he vivido acompañado de personas. Sin embargo, aún siendo adulto mi relación con estas siempre ha sido limitada y definida por tiempos o ratos muy cortos de socialización, ligados con largos períodos de distanciamiento o abstracción. Podría decirse entonces que soy un solitario? No lo se, tal vez es una parte fundamental de eso que llamamos “vivir en soledad”. Un solitario en potencia podría ser?. Para poder vivir en soledad, se debe poder vivir con algo menos que tus propios pensamientos, y tolerar la inexistencia de otros con quienes poder conversar. Entonces aquellos que pueden (o prefieren) desentenderse del mundo, logrando vivir a gusto con sus propios pensamientos, somos entonces unos “solitarios potenciales”?

Posiblemente, pero vivimos en sociedad. Nuestra mente se abstrae pero no somos solitarios. Nos gusta la compañía y muchas veces compartir con otros lo que nuestra curiosa mente es capaz de pensar durante momentos a solas (léase pues este blog por ejemplo). Somos potenciales porque nuestra mente al menos es capaz de vivir a solas, y muy importante, ese es el grado de soledad en el que nos gusta vivir.

Yo creo que la soledad va por grados y por gustos, y todo parte de la disposición de nuestra mente a estar solos. Dicen que la soledad para muchos es el despertar creativo. Que en los ratos a solas se han creado libros, novelas, obras maestras, sinfonías, y demás solo por el encuentro de cada uno con las ideas en su mente. Y es que en verdad, el mundo a veces es demasiado ruidoso.

Están aquellos cuyo grado de deseo de soledad es muy alto y se separan del mundo, yéndose a vivir lejos de la gente a un rancho o a las montañas, sin oportunidad de hablar con más nadie que con el viento. De buenas a primeras hablar con el viento suena estúpido, pero si uno se traslada a la mente de una de esas personas, es posible entender un poco lo que desean. Pienso que estas personas no desean compartir con otros humanos, ya que su plano es tal vez superior. Desean compartir con la naturaleza, con la tierra o más allá, con el Universo. Están entonces locos? Para nada, son tal vez las personas más felices del mundo, solo que simplemente comparten pero no con nosotros.


Creo que el ser humano no solo está hecho para vivir en sociedad y relacionarse con otros. Pienso que el ser humano está hecho para vivir de cualquier manera, conviviendo ya sea con sus pensamientos, con objetos, animales o con la naturaleza. Eso no podemos evitarlo. Creo que es cuestión de percepción y gusto de cada quién el convivir con lo que mejor le parezca.

Cuando pensaba sobre el tema en el carro, por un segundo me vino a la mente la imagen del Naufrago. Un hombre de sociedad, lleno de tareas y relaciones con otras personas que de repente se vio perdido en una isla por 4 años. Era un hombre de cálculos, de números y de mucho hablar. Su naturaleza era esa. La isla lo convirtió en un ermitaño sin quererlo y para eso tuvo que adaptarse. Fue una situación de soledad obligada que debió asumir a su manera para no enloquecer. No era un hombre espiritual, ni naturalista, era un hombre de contratos, relaciones y de tiempo. No era su deseo desaparecer de la sociedad. Por eso, para mantener su estilo de vida y no enloquecer, tomó una pelota de voleyball, le dio nombre y la convirtió en su mejor amigo. Primero él solo le hablaba a ella, pero luego con el paso de los años él aprendió a que ella le contestara. Aprendió a vivir con sus pensamientos de la manera más astuta. Se mantuvo de igual manera calculando los meses del año en una piedra y los metros de cuerda y palos que necesitaría para escapar de ahí. De otro modo habría enloquecido.

Es que no todos están hechos para vivir a solas, y cuando son puestos en esa situación, tienden a desesperarse al extremo de enloquecer. Me pregunto, cómo actuaría mi hermano si de repente lo sacase de su ajetreado trabajo en Caracas y lo encerrara en su cuarto aquí en mi aburrida ciudad?. Creo que se volvería loco porque la soledad para él es inaceptable. En cambio para mi es fuente de inspiración.
No es que este sea el caso, pero existen aquellos que están tan in en nuestro mundo que una bolsa plástica volando acariciada por el viento es simplemente eso: una absurda bolsa, pero hay otros que ven en la bolsa la cosa más bella del mundo por significar aquel inalcanzable anhelo del ser humano de poder ir y vivir como una simple hoja acariciada por el viento, libre, y solo este hecho para ellos es reconfortante. Como bien he dicho antes es cuestión de percepción. Sin duda hay aislamientos que son nocivos producto de una percepción enfermiza de la sociedad pero, la soledad, cuando es realmente disfrutada, resulta ser la puerta a un mundo mucho más amplio que el que estamos acostumbrados a ver.