viernes, 19 de septiembre de 2014

Lánzate, que no esta fría

De niño pasa muchísimas veces. Un montón de muchachitos se arremolinan a la orilla de una piscina con el espejo de agua impoluto, porque nadie se ha atrevido a meterse en ella desde el día anterior. Están todos ahí porque es una fiesta, con piscinada incluida, pero, por una extraña razón, han pasado casi 30 minutos, todos los niños están vestidos con sus trajes de baño, pero absolutamente nadie ha chapoteado el agua.

¿Por qué pasa esto?, porque nadie quiere ser el primero en joderse, ya sea ahogándose por lo hondo, cogiendo una infección por lo sucio, o quedar tullido por el frío del agua del estanque. Todos quieren saber lo que pasa con el primero que se lance, para luego ellos, en manada, seguirle en la diversión.

Por supuesto, al primero nadie lo elige. La situación que se presenta es de lo más extraña porque, mientras nadie se atreva a sacar la cara, la muchachada permanecerá estúpidamente parada frente a una piscina sin tocarla, en una fiesta con “piscinada”. Y ahí pueden quedarse hasta que termine esa fiesta.

Pero siempre puede más la emoción y es cuestión de tiempo que alguien salte. Todos los muchachitos se van a mirar a la cara unos a otros buscando el rostro del más huevón de todos ellos, para luego respirar aliviados cuando el susodicho decida dar el paso al frente.  

¡Chuplún! Listo. Ahí se terminó la tensión y comienza la diversión. Y los padres de esos chicos pueden llegar a pensar que esas tonterías son cosas de niños, pero se equivocan. También son de adultos, y sí, nos vemos igual de estúpidos haciéndolo, y hasta peor porque somos “adultos”, Dah!

En mi conjunto residencial pasó un evento que generó una parálisis colectiva similar a la que sufren los chicos frente a una piscina que nadie ha tocado. Tocó renovar la Junta de Condominio,

Si hay algo más incomodo que vivir en comunidad con gentuza, cuya calidad humana apesta como la caseta de la basura, es tener que verse un día a las caras y elegir de entre ellos a los representantes legales del conjunto. Para semejante misión, reunieron a todos los vecinos que pudieron en la plaza principal del conjunto.

La junta de condominio es como la versión repulsiva, sucia y adulta de la piscina infantil del ejemplo que di antes. Y en esta comparación están las diferencias. En el ejemplo de los niños todos querían lanzarse pero tenían miedo, mientras que a la asquerosa piscina del condominio nadie quería saltar, pero alguien tenía que hacerlo.

Cuando la anterior junta de condominio anunció que debería elegirse en ese mismo momento una nueva junta, la reacción de todos los vecinos fue una fotocopia de la de los niños de la fiesta. Así, nos vimos todos parados ante la abismal pileta de mierda con la misión de elegir a siete representantes (uno por torre), para conformar una nueva junta. Pero nadie podía ser elegido a dedo, había que echarse a la mierda de forma voluntaria.

Y en ese momento todos volvimos a nuestra niñez.

El silencio en el recinto fue sepulcral, pero la gente no paraba de mirarse las caras, como buscando al héroe que alzara su mano y aceptara ser el representante de la torre que les correspondía. Minutos antes nadie quería verle la cara a nadie, pero ante la magnitud del embrollo, ya todos empezaban a parecer simpáticos.

Igual que en la piscina de los niños: “Anda tírate tu”, “dale que tu puedes”, “lánzate que no está fría”, “yo no se nadar”, etc. Antes del primer salto nos caemos bien todos, luego de eso, si te he visto no me acuerdo. Sobraban las simpatías y sonrisas  nerviosas para sacarse el despreciable compromiso que teníamos todos encima. Yo, como siempre, no sonreía.

“Alguien que le eche bola”, fue una expresión que sonó en la reunión, que fue un calco del grito típico de los niños frente a la fría piscina. Pero no tuvo resultado. Nos seguimos mirando por un rato frente al sucio pozo de la junta de condominio, y muchos debieron haber deseado que hubiese habido niños jugando por las cercanías, que rompiesen, con sus gritos, el silencio asfixiante de la incomoda reunión.

Al rato salió un varón, y detrás de él, otros con menos ánimos. Pero no se contagió la emoción y quedó una torre sin representante, y al menos otras tres con representantes a regañadientes. Fue muy poco lo conseguido, y los representantes principales del condominio terminaron siendo los bebedores de licor más irrespetuosos de todo el conjunto. Pero al menos se logró romper el silencio espantoso que había y, por supuesto, luego apareció la camaradería fingida y la echadera de broma entre los vecinos por la elección de la nueva y flamante junta. Igual que en la piscina de los niños, luego, si te he visto….

Es un alivio liberarse de ese tipo de tensiones que nos da el esperar que alguien tome la decisión de dar el primer paso, pues así somos los que seguimos y no lideramos. Nos la damos de vivos creyendo que con el primero que se lance nos beneficiamos los de atrás. En algunos casos, el juego de la piscina nos puede salir como un tiro por la culata, como pasó con nuestro condominio, que puede haber caído en manos equivocadas, ante las risitas cómplices del resto de los vecinos que estuvimos en la reunión.

Porque cuando ya hemos dado el salto, y ya estamos hasta el cuello de mierda, claro que podemos reírnos un segundo e irnos luego cada quien por su lado, chapoteando inocentemente como niños en una piscina. Podemos hacerlo porque, por lo menos, ya la cagamos saltamos.  

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