Algo pareciera indicar que la naturaleza humana se comporta como dicen que se comporta el universo mismo. Hay teorías que dicen que el universo se expandirá durante algunos miles de millones de años más para finalmente caer en una implosión que lo hará desaparecer de la misma forma como se originó, le llaman el Big …... Viendo, oyendo, mirando y leyendo he empezado a creer que nuestra raza está destinada a (o más bien buscando), retroceder, echar para atrás todo lo aprendido, e involucionar para morir y desaparecer del mismo modo como llegamos al mundo: Como monos de poco seso.Muestra de eso es la perdida de inteligencia que hemos ido teniendo con los años, a la par del crecimiento de una tecnología cada vez más sorprendente pero al mismo tiempo, e irónicamente, más idiotizante. Hemos buscado tanto la solución fácil a nuestros problemas que finalmente la estamos encontrando, para todos los problemas. Eso nos está haciendo dependientes y presa de nuestras propias creaciones y del producto de nuestra propia inteligencia. En otras palabras más directas y molestas: Estamos utilizando al máximo nuestra inteligencia con la firme intención de volvernos estúpidos. Solo el ser humano es capaz de semejante empresa y por eso muchos dicen que la humanidad es el arquitecto de su propia destrucción.
Hemos caído en el facilismo de todas las cosas que nos rodean. En la computación, en la mecánica, en la información, en el comercio y en la comunicación nos hemos vuelto esclavos de la tecnología que hace que todo esté al alcance de nuestras manos. Nadie quita que en algunos aspectos sea buena (puesto que en mi caso sin ella no pudiera estar escribiendo esto aquí), sino que esta, al ser como un pulpo de muchos brazos, no es fácil de controlar y se vuelve invasiva, y termina entrometiéndose en aspectos de la vida diaria que deberían dejarse como estaban antes.
Por ejemplo la comunicación. Recuerdo que antes de la invención del celular nuestro radio de acción para comunicarnos con otros se resumía únicamente a la gente que podíamos ver por la ventana de nuestra casa, nuestros vecinos y demás cercanos. El teléfono era un equipo para casos importantes y la comunicación era limitada por estar restringida a ser de casa a casa. Estábamos obligados a hablar en directo con los demás, a mirarles a los ojos, a verles la cara, a darles la mano, a oírles la voz.
Pero apenas llegó el celular, llegó la Internet, y a su lado los novedosos “Chats” (el más conocido de ellos al comienzo se llamaba ICQ). Era el fin de aquellas antiguas restricciones, pero el comienzo de otra cosa. Fue la primera vez que pudimos ponernos en contacto con otros más allá de nuestras fronteras sin tarifas internacionales y claro, sin tener que conocerlos. Era el comienzo de una “revolución” comunicacional, según los informáticos, ligada al crecimiento de la comunicación por celular que acabó con todos los límites establecidos.
En aquellos años no se podía poner fotos para ver a la gente y la cosa bastaba con solo saber que del otro lado del monitor alguien X nos estaba respondiendo. Eran amistades hechas con letritas y figuritas pero por primera vez alguien de Australia podía hablar en directo con un Mexicano, sea como fuese. Los límites se acababan, y el mundo empezaba tímidamente a abrirse ante nosotros y muchos formamos parte de ese “boom”. Yo tuve una experiencia en esos Chats con una chica de chile con quien entablé una amistad muy simpática durante algunos meses. Todo fue muy fino y chévere hasta que el día de mi cumpleaños decidió llamarme por teléfono. Esa vez fue mi primera experiencia de un sentimiento al que luego llamé “Te (des)conozco”.
Apenas me llamó sentí una profunda sensación de extravío y lo primero que pensé al oir su voz fue: ¿Quién eres tú?. Jamás la había oido, pero según yo, la conocía desde hacía algunos meses. Era obvio, jamás la había conocido, y en lugar de gusto sentí una gran decepción porque era como si la realidad hubiese tocado a la puerta de mi cabeza diciendo: Hey!, pendejo, claro que no la conoces, para hacerlo tendrías que viajar a Chile, despierta!. Luego me di cuenta que, por supuesto, era el curioso efecto secundario del comienzo de la “revolución comunicacional”.
Lo que, por cierto, para nada considero una revolución sino el inicio de una involución de lo más deprimente, si ponemos en el punto más alto de la escala a nuestra inteligencia. Para mi todo esto, desde el principio, ha sido un espejismo de una verdadera comunicación. ¿Por qué?, simple, mirando nuestro pasado. Si volvemos a nuestros tiempos cavernícolas, el único medio de comunicación que había entre la gente era por medio del sonido de las palabras, el contacto con la piel, y la mirada de nuestro interlocutor. Hablando cara a cara con alguien se podía entender e intuir los estados de ánimo de las personas, por su forma de hablar, por su postura, por su comportamiento. Ahora no. Para saber si algo que dijimos le cayó bien o mal a una persona, debemos saber leer sus “expresiones” emotivas, que se reducen a dos signos de puntuación, que en los mejores casos es un signo de dos puntos con un paréntesis de apertura, o sea : ), y en el peor, el sutil cambio de paréntesis, o sea : (. Uno de los más novedosos y más usados se ha vuelto el signo de la risa en carcajada, simplemente hecho con una X y una D mayuscula. O sea, XD.
Lo que muchos no saben es que todas esas expresiones fueron inventadas y patentadas por los internautas más obsesos y dependientes de la Internet. Una pseudocultura conocida como “Otakus” que se caracteriza por su enfermiza obsesión por los mangas, ánime, y demás aspectos de la avanzada y alienada cultura japonesa, que es mayoritariamente manifestada a través de Internet, en donde pueden hacer “cultura” estos personajes. Si ese fue el basamento de la comunicación en los primeros chats, creo que fue un terrible comienzo, y lo peor es que aún existe.
Pero bueno, desde aquel entonces, aquella época, los que contamos con Internet hemos sido engullidos por una nueva ola de nuevos chats, miles de años luz más amplia que sus antecesores, pero para nada exenta de los efectos secundarios del fenómeno comunicacional. Como una píldora para calmar un dolor, cuanto más poderosa y efectiva sea la pastilla, más efectos secundarios nos puede dejar si no nos cuidamos, Internet nos trajo también, para nuestro deleite, las famosas páginas de contacto. No son chats, no son blogs, no son álbumes de fotos ni mucho menos, son más bien un compendio de todos ellos. Una ensalada comunicacional que comenzó con el boom de Myspace y Hi5, y multiplicó sus tentáculos con sitios menos famosos como Badoo, Tagged, Sónico, y otros más que no recuerdo. Todos planteaban la misma paleta de contacto solo que con un nombre distinto. Sin embargo sería la llegada del Facebook y el Twitter la que acabaría con todos los competidores.
El Facebook es el más famoso y poderoso medio de comunicación internauta que hay en el mundo. Más allá de sus conflictos con la seguridad de los datos de sus miembros, cada día el número de adeptos al “Album de fotos” se incrementa exponencialmente.
Cuando yo comencé a “facebooquear” no me percaté realmente del efecto inmersivo del site. Ingresé por curiosidad a ver de qué se trataba ese lugar que ya estaba en boca de todos. Yo tenía cuenta en el hi5, Myspace, y Tagged y todas las había dejado abandonadas por ser en extremo aburridas, poco interactivas y toscas en su interfaz de uso. Facebook en cambio era un amor, y el vicio llegó a mí a través de mis viejos amigos del colegio. Una amiga de hace muchos años, se le ocurrió publicar una foto de antaño de nuestra graduación y mágicamente “etiquetó” a todo el mundo en esa foto que tuviese una cuenta de Facebook. El resultado: Una lluvia de comentarios y reencuentros inesperados entre un grupo de amigos que tenían años sin tener contacto alguno. ¡Que maravilla!
Pero apenas llegó el celular, llegó la Internet, y a su lado los novedosos “Chats” (el más conocido de ellos al comienzo se llamaba ICQ). Era el fin de aquellas antiguas restricciones, pero el comienzo de otra cosa. Fue la primera vez que pudimos ponernos en contacto con otros más allá de nuestras fronteras sin tarifas internacionales y claro, sin tener que conocerlos. Era el comienzo de una “revolución” comunicacional, según los informáticos, ligada al crecimiento de la comunicación por celular que acabó con todos los límites establecidos.
En aquellos años no se podía poner fotos para ver a la gente y la cosa bastaba con solo saber que del otro lado del monitor alguien X nos estaba respondiendo. Eran amistades hechas con letritas y figuritas pero por primera vez alguien de Australia podía hablar en directo con un Mexicano, sea como fuese. Los límites se acababan, y el mundo empezaba tímidamente a abrirse ante nosotros y muchos formamos parte de ese “boom”. Yo tuve una experiencia en esos Chats con una chica de chile con quien entablé una amistad muy simpática durante algunos meses. Todo fue muy fino y chévere hasta que el día de mi cumpleaños decidió llamarme por teléfono. Esa vez fue mi primera experiencia de un sentimiento al que luego llamé “Te (des)conozco”.
Apenas me llamó sentí una profunda sensación de extravío y lo primero que pensé al oir su voz fue: ¿Quién eres tú?. Jamás la había oido, pero según yo, la conocía desde hacía algunos meses. Era obvio, jamás la había conocido, y en lugar de gusto sentí una gran decepción porque era como si la realidad hubiese tocado a la puerta de mi cabeza diciendo: Hey!, pendejo, claro que no la conoces, para hacerlo tendrías que viajar a Chile, despierta!. Luego me di cuenta que, por supuesto, era el curioso efecto secundario del comienzo de la “revolución comunicacional”.
Lo que, por cierto, para nada considero una revolución sino el inicio de una involución de lo más deprimente, si ponemos en el punto más alto de la escala a nuestra inteligencia. Para mi todo esto, desde el principio, ha sido un espejismo de una verdadera comunicación. ¿Por qué?, simple, mirando nuestro pasado. Si volvemos a nuestros tiempos cavernícolas, el único medio de comunicación que había entre la gente era por medio del sonido de las palabras, el contacto con la piel, y la mirada de nuestro interlocutor. Hablando cara a cara con alguien se podía entender e intuir los estados de ánimo de las personas, por su forma de hablar, por su postura, por su comportamiento. Ahora no. Para saber si algo que dijimos le cayó bien o mal a una persona, debemos saber leer sus “expresiones” emotivas, que se reducen a dos signos de puntuación, que en los mejores casos es un signo de dos puntos con un paréntesis de apertura, o sea : ), y en el peor, el sutil cambio de paréntesis, o sea : (. Uno de los más novedosos y más usados se ha vuelto el signo de la risa en carcajada, simplemente hecho con una X y una D mayuscula. O sea, XD.
Lo que muchos no saben es que todas esas expresiones fueron inventadas y patentadas por los internautas más obsesos y dependientes de la Internet. Una pseudocultura conocida como “Otakus” que se caracteriza por su enfermiza obsesión por los mangas, ánime, y demás aspectos de la avanzada y alienada cultura japonesa, que es mayoritariamente manifestada a través de Internet, en donde pueden hacer “cultura” estos personajes. Si ese fue el basamento de la comunicación en los primeros chats, creo que fue un terrible comienzo, y lo peor es que aún existe.
Pero bueno, desde aquel entonces, aquella época, los que contamos con Internet hemos sido engullidos por una nueva ola de nuevos chats, miles de años luz más amplia que sus antecesores, pero para nada exenta de los efectos secundarios del fenómeno comunicacional. Como una píldora para calmar un dolor, cuanto más poderosa y efectiva sea la pastilla, más efectos secundarios nos puede dejar si no nos cuidamos, Internet nos trajo también, para nuestro deleite, las famosas páginas de contacto. No son chats, no son blogs, no son álbumes de fotos ni mucho menos, son más bien un compendio de todos ellos. Una ensalada comunicacional que comenzó con el boom de Myspace y Hi5, y multiplicó sus tentáculos con sitios menos famosos como Badoo, Tagged, Sónico, y otros más que no recuerdo. Todos planteaban la misma paleta de contacto solo que con un nombre distinto. Sin embargo sería la llegada del Facebook y el Twitter la que acabaría con todos los competidores.
El Facebook es el más famoso y poderoso medio de comunicación internauta que hay en el mundo. Más allá de sus conflictos con la seguridad de los datos de sus miembros, cada día el número de adeptos al “Album de fotos” se incrementa exponencialmente.
Cuando yo comencé a “facebooquear” no me percaté realmente del efecto inmersivo del site. Ingresé por curiosidad a ver de qué se trataba ese lugar que ya estaba en boca de todos. Yo tenía cuenta en el hi5, Myspace, y Tagged y todas las había dejado abandonadas por ser en extremo aburridas, poco interactivas y toscas en su interfaz de uso. Facebook en cambio era un amor, y el vicio llegó a mí a través de mis viejos amigos del colegio. Una amiga de hace muchos años, se le ocurrió publicar una foto de antaño de nuestra graduación y mágicamente “etiquetó” a todo el mundo en esa foto que tuviese una cuenta de Facebook. El resultado: Una lluvia de comentarios y reencuentros inesperados entre un grupo de amigos que tenían años sin tener contacto alguno. ¡Que maravilla!
Facebook le ganó a sus competidores por la capacidad de “etiquetar” a la gente y facilitar el encuentro, entre comillas, de viejos amigos y conocidos. Una vez en contacto, los que se encuentran en una misma foto, aunque no sean amigos en Facebook, obviamente lo serán y seguirán la ramificación hacia muchos más desconocidos que serán nuevos amigos en Facebook. Se comporta como un amigable virus informático, como parte de sus notables efectos secundarios.
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