viernes, 29 de mayo de 2009

Una Nueva Batalla: El Peso

He vuelto, sí, he vuelto, desde hace muchísimo tiempo pero he vuelto, y de qué manera. Desde mi último post pasaron miles de cosas que podría relatar y reflexionar aquí pero creo que el tiempo no me dejó el chance para desahogarlas y liberarlas de mi sistema en su momento, claro, como contribución a mis estudios nunca concluidos (ni iniciados) de psicología. Además, en este momento estaría demás hablar de cosas pasadas, que aunque fueron aleccionadoras, son tiempo muerto y buche de plumas para lo bueno a malo que pasa cada día. Además yo se saldrán coladas una que otra vez en mis próximos relatos, si Dios quiere.

Por eso desde ahora, quiero darle un nuevo sentido a mis Realidades y Reflexiones buscando convertirlo en una especie de DIARIO de realidades y reflexiones. Tratar de escribir un poco más seguido sobre algunos episodios de mi absurda pero gratificante vida que, como a todos, me llena siempre de lecciones y de nueva sabiduría y formas de ver el mundo. Como quien dice: “cada día pasa algo nuevo”, aunque hagas lo mismo una y otra vez y te canses de ver a la misma gente todos los días.

Una vez dije que todos los seres humanos, si no fuéramos tan egoístas ni yoístas, estaríamos todos los días de nuestra vida en una batalla constante, infinita, contra nuestros miedos, limitaciones, defectos y etc, etc. Hay batallas de la mente, batallas del espíritu, y batallas de lo físico. Hasta este momento siempre había peleado en las dos primeras, porque siempre gocé de buena salud y lo físico no me afectaba. Pero como no se puede estar todo el tiempo en las nebulosas luchando por la inmortalidad del cangrejo, ni retando hasta el infinito los límites de la imaginación, el destino y la batalla de lo físico en mi vida eran crónica de una muerte anunciada, una lucha que en algún momento tenía que llegar.

Entonces, mi guerra, como la de todos, empezó frente al espejo. Uno se ve al espejo y resulta que siempre ve cosas nuevas. Las mujeres se ven de todo, y no me atrevo a nombrar ni una sola cosa de las que las mujeres se ven al espejo porque entonces mi esposa voltearía los ojos o aquella fémina que lea esto diría: “Ay qué estúpido, quién se cree??”, así que bueno. Pero uno el hombre, cae con la vanidad, y es sorprendente como cambia todo cuando pasan los años. Cuando uno está jovencito se mira a ver qué tan papa está, si tiene una espinilla, cómo tiene el cabello, la sonrisa, o practica la cara de galan, o la de bromista, o la de sensible (que es la más efectiva para muchos), o llegan al extremo de sacar un cinta metrica y… bueno, se dan casos. En cambio, uno, y me refiero a “uno” como aquél ser humano, hombre, como yo, de 28 años, casado desde hace 2, y que no hace ejercicio como en sus tiempos de Aquilesca Gloria, se ve algo menos allá de lo evidente e infinitamente más simple: La barriga. Esa protuberancia redonda que muchos cultivan y se pulen con orgullo, y otros la tratan como un miembro más de su familia. El vulgar núcleo de nuestro peso.

Me vi al espejo y no me cuadraban las matemáticas. Tenía, por primera vez en mi vida, barriga. Una foto reciente de mi vestido en traje de gala me hizo sentar cabeza. Lo negué por mucho tiempo pero sí, estaba gordo. Dios, no se lo que me ha pasado!.

Recuerdo que en mis tiempos (suena a viejo decrepito pero CRISTOO!!), yo jugaba futbol en las tardes, básquet por las noches y tomaba ron por demás sin recibir más castigo que un físico excepcional, con abdominales perfectamente formados, y musculatura tonificada. Que vaya y abrupta metamorfosis la de este año. Un pasado olvidado y gratamente recordado en fotos.

Los tiempos claramente no son los mismos y uno para nada es el mismo, pero jamás creí que llegaría a tener el peso que tengo y que una de mis batallas sería contra la obesidad. Peso 84 kg. Sé que muchos dirán que eso es absurdo, que eso no es estar gordo ni mucho menos obeso, pero el que diga eso es porque pesa más que yo.

Cuando no me había casado pesaba 62 kg, y era una soberana lucha tratar de subir un kilo comiendo por lote. La ironía del asunto es que yo, en la gloria, lo intentaba, buscaba engordar, agarrar más carne y menos hueso, para que al final, luego de una década, sí, de gloria, viniese a terminar clavado por el karma de mis propios deseos de juventud.

He comenzado desde ayer la que yo llamo la dieta del KornFlakes, buscando eliminar los excesos de grasa a los que estoy gustosamente acostumbrado comiendo pizza, pollo o hamburguesas a altas horas de la noche. Es un suplicio, un crimen. Preferiría hacer ejercicios para eliminar calorías pero parece que necesito más de dos horas corriendo para reducir grasas, y mi trabajo a 45 minutos de mi casa, me deja con poco tiempo y pocos ánimos para batallar. La barriga no baja, y al contrario parece que sube. Hasta parece que se empina como retándome y diciéndome en mi propia cara: “Necesitaras algo más que alpiste para librarte de mí!”. Me da rabia afirmarlo pero creo que es cierto.

Tendré que poner mi rutina diaria en cintura para revertir el daño. Comienza el diario reflexivo de mi propia vida

Continuará…

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