miércoles, 12 de marzo de 2008

Psicosomaniac


Hace muchos años, estaba en uno de esos días llenos de ocio, en los que es mejor optar por sacarse un moco que quedarse viendo a ver si la pared del cuarto se caerá con el poder de la mirada, cuando de repente me miro el brazo derecho y observo a distancia un pequeño, diminuto punto rojo en la parte baja del antebrazo. “¿Qué es eso?” me digo a mi mismo y comienzo a examinar con mayor detalle aquella extraña protuberancia que el día de ayer no estaba.

<¿Que será, una roncha, una espinilla?> Dejé de verlo un rato pero la existencia de esa imperfección ya había llamado mi atención lo suficiente como para inspeccionarla de vez en cuando para ver si se quitaba sola. Recuerdo que en esa época estaba pasando por un desaire amoroso con una loquita de ¾ que no me convenía, y con la que, por estupidez e infantilismo, estaba empeñado en regalar lágrimas al viento y neuronas de mi cerebro a su causa. Así que, llevaba conmigo una carga emocional que aunque innecesaria, traía grandes porciones de estrés y tristeza. El tiempo mismo luego me enseñó el precio que se paga por estar perdiendo el tiempo.

Al día siguiente me levanté de la cama, nuevamente a hacer nada en el día por ser el comienzo de mis vacaciones de liceo, y lo primero que hago es mirarme el antebrazo a ver si el puntito rojo de ayer ha desaparecido. Nop!, sigue ahí – y ahora que lo veo bien parece que ha crecido un poco. En algunos momentos me entraba algo de coherencia y me decía a mi mismo: Que va loco, son cosas tuyas, está igualito que ayer!. Pero una interferencia, una especie de estática, como cuando en la radio cambian de una emisora a otra, en forma de voz y conciencia me repetía: ¡No no, estas pelao, ayer ese punto no te llegaba al tercer pelo después del codo, justamente donde está ahorita!, dejate de vainas, ese punto creció!

El punto en cuestión en lugar de desaparecer entonces se hizo más grande, y sentía que en cierta forma los demás podían notarlo. - Mamá ¿ves el punto que tenía ayer?, está como mas grande no? – le preguntaba a ver que me decía. – Qué punto David?, eso no es nada, además está igualito, déjate de estar haciéndole cerebros a eso, por favor!! – me respondió de forma medio molesta. Bueno, como no tuve feed back, seguí mirándome el punto, convencido de que esa cosa estaba creciendo y sin saber por qué. El único que me estaba dando feed back era esa voz de interferencia que como estática y mi mejor amigo me seguía diciendo: “Mosca con ese punto!, averigua qué puede ser eso!”. No lo conocía, no me lo habían presentado, sabía que estaba ahí, me hablaba pero no me había dicho su nombre. No acostumbro a confiar en aquel que no me dice quién es, pero en este caso particular, ese nuevo amigo me inspiraba confianza y credibilidad.

Con los días, mirándome e inspeccionándome el brazo como el que busca la cura del cáncer con la vista, pude darme cuenta que un segundo punto muy pequeño apareció cerca del primero, que ya tenía un mayor tamaño y no paraba de crecer. Mi amigo me habló de nuevo y me dijo que buscara a ver si era un hongo por lo extraño de su apariencia. La investigación me condujo a que un hongo en la piel debía al menos picar, y eso no sucedía en mi caso, bueno, al menos hasta ese momento. Pasaron otros días y el primer punto se había convertido en una mancha roja de tamaño pequeño, mientras que el segundo seguía el mismo camino. La mancha ya me estaba picando y tenía miedo de lo que podía ser eso y si se podía extender. Mi amigo me decía: Mosca por si se extiende, pila con el otro brazo!. Miré mi otro brazo y encontré un punto minúsculo en la base del antebrazo izquierdo. Dios!, se había extendido.

Mi mamá seguía sin prestarle atención a mis quejas e insistía en que no siguiera pensando en eso. No podía entender como mi mamá no podía ni siquiera levantar la vista y por lo menos ver la mancha que le mostraba. Tuve que tomar acciones…la Internet.

Yo había oído de una enfermedad de la piel que comenzaba en la base de los codos y se podía extender por todo el brazo llamada Psoriasis. Decidí comenzar por ahí para descartar que esos puntos rojos fueran esa enfermedad. Al averiguar sobre ella me enteré que tenía un proceso de crecimiento que arrancaba en los codos, rodillas y pies. Al ver esto mi amigo apareció indignado y me dijo: ¿Cómo es posible que descuidaras las rodillas y pies?. Tenía razón y empecé a ver cómo estaban mis rodillas. No había nada en ellas pero mi amigo me repitió: ¡Mosca, no te descuides de las rodillas de todos modos!

Él tenía razón, y a los pocos días mis rodillas tenían puntos rojos, y mis antebrazos tenían manchas circulares en varios puntos. El terror me invadió y mi madre finalmente le prestó atención a un proceso que parecía no detenerse. , , Para cuando mi madre decidió acompañarme al dermatólogo, ya tenía estas manchas rojas en codos, rodillas y parte de los pies. El reconocido Dr. Lima Ostos diagnosticó que eso tenía un nombre como Granuloma Anular o algo así. Mi amigo inmediatamente dijo: Eso no puede ser! Tiene toda la apariencia de psoriasis, el doctor debe estar pelado!. El tratamiento que recetó el doctor parecía más una especie de cura indígena con ojos de salamandra y cuatro colas de murciélago que un tratamiento real con fármacos y medicamentos. Esa receta echo por tierra el diagnóstico de ese veterano doctor.

Decidimos ir donde otro médico, uno de igual trayectoria. Mi amigo en el camino me repetía: ¿Viste que ese tipo estaba pelao? Eso no es vaina de esa Anular ni que ocho cuartos!. Yo insistentemente le preguntaba cuál era su nombre pero no me contestaba. Ya su voz se oía con fuerza y no sonaba con la interferencia o la estática de antes, era fuerte, decidido y con poder en la palabra. Me decía: ¡Mosca con esta doctora a ver lo que te dice!.

Me ví con la doctora Batistini en su consultorio. Era una mujer mayor pero con presencia, sin embargo mi amigo me decía que era muy vieja para saber qué podía ser eso. Al verme y examinarme, Batistini diagnosticó una enfermedad que ya tenía en mente: Psoriasis. Mi madre y yo caímos en depresión y tensión ante tal descubrimiento y mi amigo entristecido me decía: ¿Viste, que era Psoriasis?

Mi padecimiento empeoró, mis pies se llenaron de manchas rojas amplias y mis antebrazos y rodillas ya estaban marcados por todos lados. Mi madre no se resignó ante el diagnóstico y decidió optar por una tercera opinión. En Valencia iríamos a vernos con un doctor más reconocido y de mayor trayectoria. Recuerdo que viajamos en avión a Caracas y en ningún momento mi amigo apareció. Mi mamá en el trayecto me hablaba de la existencia de enfermedades surgidas de la mente que eran conocidas como Psicosomáticas. Yo no podía entender cómo la mente podía crear por sí sola manchas en todos lados de mi cuerpo y por eso le resté sentido a lo que mi mamá decía. Mi amigo seguía sin decirme su nombre y eso me estaba importando más.

En Valencia dimos con un dermatólogo, que al final nunca supe si era de trayectoria o no, que se encargaría de dar el tercer y último veredicto. La voz de mi madre en todos esos días había hecho que la voz de mi amigo sonara de nuevo como interferencia y lejana. Quería oírle, pero era más difícil esta vez.

El doctor diagnosticó Granuloma Anular, el mismo diagnostico del primer médico, sin embargo su receta de tratamiento fue mucho más profesional que la del primero. Me entregó en mis manos un ungüento y una recomendación: Echate esto y olvidate de eso!, ni lo mires! No pienses en eso. Mi madre me miró con ojos de sabiduría y yo a ella con ojos de aceptación. La voz de mi amigo apareció de nuevo solo para decirme su nombre: Psicosomaniac. Así lo llamé desde entonces. Decepcionado muchas veces le pregunté por qué antes jamás me había dicho su nombre. Mi amigo me respondió diciendo que nunca me lo dijo, que él no tenía nombre y que gracias a mi ya tenía uno: Psicosomaniac. Primero se llamó Psoriasis, pero Psicosomaniac estaba mejor.

Desde ese momento mi amigo ya no se escucha, ya no es mi amigo definitivamente. Se podría decir que es un conocido que a veces se para ante mi puerta para decirme: ¡Mosca….!. Sin embargo, no creo que vuelva a abrirle la puerta a un amigo sin nombre. El tiempo me ha enseñado el precio que se paga por haber perdido mi tiempo.

1 comentario:

Cordovita Moreno dijo...

JAJAJAJJAJAJA que bueno!!! mira y te lo tenías bien escondido ahora que te vea en el msn, te saco la información a ver quien era esa niña del bachillerato por la que te enfermabas kakakakakak... que risa yo también fui a verme con Lima Ostos una vez e hice el mismo recorrido y después me fui a ver con batistino, muy dulce ella, pero finalmente yo como que tenía el mismo amigo que tu :S
Un beso davisito... tenía rato que no pasaba por aquí veo que has escrito bastante... ya me voy a leer los nuevos post ;)